* Opinión *: «Ojalá sea nuestra última equivocación»
Opinión: Daniel Haggerty. Marista. República | Democracia | Instituciones Actualidad y Editoriales. Opinión Independiente. Fundador de @idealrepublican

Pasamos veinte años combatiendo la grieta que el kirchnerismo instaló en nuestra sociedad. Veinte años denunciando el odio, el rencor, el resentimiento y los vueltos como herramientas de construcción política. Creímos que, después de tanto daño, habíamos aprendido la lección. Pero no.
Llegaron los libertarios con la promesa de terminar con aquello y encontramos un presidente que hace de la confrontación permanente, la agresión verbal y la descalificación del adversario una forma de ejercer poder. Con Javier Milei, la grieta no desapareció: se profundizó y se multiplicó, adquiriendo nuevas formas de violencia.
Porque cuando quien gobierna convierte el insulto en argumento, la humillación en espectáculo y la intolerancia en una marca de identidad, el daño trasciende la política. Se deterioran los vínculos, se deteriora el debate público y se resiente la convivencia democrática.
Una sociedad no puede vivir eternamente enfrentada. No puede construir un futuro sobre el desprecio, la revancha y la negación de quien piensa diferente.
Y esto debe decirse con claridad: esa conducta está muy lejos del verdadero liberalismo. El liberalismo en serio no consiste en imponer una verdad a los gritos ni en perseguir al que discrepa. Se funda en el respeto por la libertad individual, la pluralidad de ideas, la libertad de expresión y el reconocimiento de que nadie es dueño absoluto de la verdad.
Ser liberal implica defender esas libertades incluso cuando las opiniones ajenas nos incomodan. Implica aceptar límites, respetar las instituciones y comprender que el adversario político no es un enemigo al que se deba destruir.
Los republicanos combatimos durante años el autoritarismo, el sectarismo y la intolerancia para terminar, una vez más, frente a sus consecuencias, ahora bajo otra bandera y con un discurso aún más virulento.
Nos equivocamos al creer que el solo hecho de oponerse al kirchnerismo garantizaba una alternativa respetuosa de la convivencia democrática. No era suficiente. Nunca lo fue.
Cambiar de signo político no significa superar la grieta si alimentamos el mismo odio.
Ojalá esta experiencia sirva. Ojalá dejemos de confundir liderazgo con agresividad, convicción con fanatismo y libertad con impunidad para agredir.
Ojalá sea la última vez que una sociedad, agotada de intolerancia, termine abrazando otra.
Porque la Argentina necesita menos odio y más respeto; menos enemigos y más ciudadanos; menos revancha y más República.
Y porque, como nos recuerda la advertencia de García Cuerva, las heridas de la intolerancia no se cierran cuando cambia el gobierno. Supuran hasta que dejan de provocarlas.
